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miércoles, 26 de julio de 2017

A la ville de...

Lo recuerdo perfectamente. Era después del Mundial de México 86, donde aquellos penaltis nos dejaron fuera en los Cuartos de Final, como era lo normal. Había sido la segunda desilusión deportiva del año después de la Final de la Copa de Europa perdida por el Barça en Sevilla.

Era principio de curso, septiembre u octubre. Llegaba del cole a casa. Era la hora de comer. Tenía 30 minutos y luego volvía a disfrutar un rato de recreo y a clase. Pero no era cualquier día, era el día, ese día.

Yo era “el cata”, mote puesto por un compañero y uno de mis mejores amigos. Lo de “catalán” era demasiado largo para él y así me bautizó, y así me quedé para siempre…”el cata”. Hasta tal punto que había profesores que no se conocían mi nombre.

Ser catalán en Madrid, en aquellos años, siendo niño (tenía 12 años) era una temeridad. Y eso que yo tenía pasado Madridista, pero mi uso de razón futbolística, que empezó por aquella época (antes se iba más lento), acabó de evangelizarme para el barcelonismo, y luego el dream team lo remató.

Había sido un año de lloros deportivos. Sí, antes los niños llorábamos cuando nuestro equipo perdía un evento de tal magnitud. No nos consolábamos con el móvil después. El Barça, España…

Y llegué a casa, donde estaba mi abuela que, con su cocido espectacular, más caliente que el infierno, encendió la mini tele que estaba en la cocina. Lo recuerdo como si fuera hoy. Jamás se me olvidará ese momento.

Y apareció él, ese señor mayor. Samaranch. Y lo dijo…grabándose a fuego en mi mente para siempre…” a la ville de” y mientras abría el sobre exclamó “andè mamà”…y siguió…”a la ville de…Barcelona, España".

Fue el subidón de mi vida. Uno de los primeros. Afortunadamente ha habido más y mucho más importantes. Pero imaginar, “el cata” ganaba, habían elegido Barcelona, en contra de lo que los otros niños querían. Había muchas reticencias con Cataluña y los padres se lo transmitían a los hijos…y era una victoria para mí, de alguna manera.

Me comí el cocido prácticamente con el embudo, a pesar de lo caliente que estaba. Necesitaba ir al cole y contarlo. Yo era el que tenía la información privilegiada. No había internet, ni móviles y sólo los que comíamos en casa lo habíamos visto. Respiré hondo, devoré el cocido al sprint y salí como un Ferrari hacia el cole.

Y llegué el primero para contarlo. Estaban mis compañeros jugando ya al fútbol mientras otros salían del comedor. Y yo, como aquel soldado en Maratón, traía la buena nueva. “que lo sepáis, ha sido Barcelona”. Que alegría indescriptible. Aún lo recuerdo y os prometo que me emociono.

Mis compañeros pasaron del “que se fastidien los catalanes” a “que bueno para España”. No sé si por la alegría que transmitía o porque algo les hizo entender que esto era de todos, no solo de “el cata”. Pero vieron que tenía más cosas positivas que negativas. Y más aún al cabo de los días, cuando aquellos padres forofos que despreciaban a los catalanes lo empezaron a ver y transmitir como un logro colectivo.

Supongo que hubiera sido lo mismo al revés, si yo fuera un madrileño en Barcelona y se lo hubieran dado a Madrid. Al menos en aquel tiempo, de tanta, tantísima rivalidad deportiva y de todo tipo. No lo sé, pero el caso es que me tocó vivirlo así.

Luego vinieron 6 años de preparación. Recuerdo los programas de televisión de Barcelona 92 los sábados por la mañana. Yo era judoka y competía y deseaba que en algún campeonato viniera la televisión a grabarnos.

Empezaron a sonar nombres de deportes que no sabía que existían. Era muy curioso ver como personajes tipo Fermín Cacho se convertían en ídolos por la posibilidad de… tener una medalla. Y siendo judoka que decir de Miriam Blasco. Verla con la medalla más adelante fue la apoteosis.

Pasaron los 6 años. Por supuesto fui voluntario Olímpico, pero no fui afortunado en ir a Barcelona a verlo in situ. Así, el 25 de Julio de 1992 estaba en Benidorm. Mis padres tenían una casa allí, donde veraneaba y llevaba un mes, después de haber acabado la selectividad y elegido mi futuro universitario. Imaginaros, 18 años, Benidorm, verano…

Ese día estábamos cenando y viendo la ceremonia de inauguración. Había quedado de una forma atípica con mis amigos. La consigna era 15 minutos después de que encendieran la antorcha. Creo que llegamos todos media hora tarde…enganchaba el ambiente.

Y llegó el momentazo. Después de la ceremonia bastante colorida y entretenida con un repaso a nuestra cultura y unas actuaciones musicales de nivel (la creme de la creme de la Ópera de nuestro país), llegó el momento. Salió España. Se me ponen los pelos de punta al recordar el estadio Olímpico de Montjuic puesto en pié, orgulloso de que salía su país, nuestro país. La sonrisa del abanderado lo decía todo y las lágrimas en grada y palco lo ratificaban. Era un éxito para todos, algo que quedaría para siempre.

Y por una vez, lo vivimos juntos sin necesidad de tener un enemigo común que nos uniera. Nos sentimos parte de un colectivo y, cada uno, con su granito de arena, quería contribuir al éxito del conjunto que desde un principio quedó claro que era más importante que la individualidad.

Fue maravilloso. Pero hubo más. Salió mi ídolo, Juan Antonio San Epifanio. Epi. ¡¡¡Era Epi!!!. Él era el último relevista de la antorcha. Las lágrimas no me dejaban ver. Matías Prats y Olga Viza lo narraban emocionados y lo transmitían. Era un momento colectivo único. Epi era un jugador del Barça pero estoy seguro que todos los españoles, o una gran parte, nos sentimos identificados con él en ese momento. Portaba el sueño de un país y no importaba su afiliación deportiva.

Pero no acaba ahí, llegó Rebollo. Y fue el culmen. Esa flecha maravillosa. Con ese truco de efectos especiales conocido años después y esa espectacularidad de ejecución. Y encendió la llama. No sólo en el pebetero, también en el interior de mucha gente. Era nuestro momento.

Fijaros como fue la cosa que cuando el Rey Juan Carlos iba a declarar inaugurados los juegos, recibió tímidos pitos por los que siempre están sembrando división. Duraron 1 segundo, pero 1 segundo real, el tiempo necesario para que las 80 mil personas que allí había aplaudieran sin fisuras. Su “benvinguts a Barcelona” se ganó a todos. No hubo discusión, había un interés superior a colores y opciones políticas o de Estado. Fue unánime. Fue la h…ia.

Después los 16 días de gloria. Multitud de momentos que no se olvidan nunca. Los catalanes nos hinchamos a aplaudir a rabiar a los nuestros, ya fueran de Granada, Soria, Melilla, Donosti, Pontevedra, Madrid o Palamós. Éramos todos uno y uno todos.

La final de fútbol dio visibilidad de lo que allí había pasado. Un equipo de chavales, en un ámbito que no era el suyo (la Olimpíada) con un apoyo institucional inicial dudoso y con muchas dudas sobre hasta dónde llegarían, fueron capaces de llenar el Camp Nou (cien mil personas más o menos entonces) y llenarlo de banderas españolas mezcladas con senyeras, que también es una bandera de todos. Ese gol de Quico (hoy Kiko) fue como el de Iniesta, el gol de todo un país. Desató la locura. Qué momento.

Barcelona 92 fue unos de los momentos mágicos que Barcelona como ciudad, Cataluña como territorio y España como país no olvidarán nunca. El impacto económico y de cambio en la ciudad fue brutal. 19 mil millones de impacto versus 6 mil millones de coste. Hablo de millones de euros. No hubo fisuras entre administraciones y se trabajó a destajo por parte de todos para que saliera bien. Y asombramos al mundo e incluso a nosotros mismos.

Pero tuvo otro impacto. El que no se puede explicar. El sentimiento de pertenencia que jamás se había vivido en este país. La capacidad de sumar, sólo sumar.

Hoy, este catalán pide a los que gobiernan que se hagan un hueco en la agenda y se vean uno de esos documentales de 40 minutos que corren por la red de lo que fue y significó Barcelona 92. Y les pide que recapaciten, todos.

Juntos podemos hacer cosas que incluso pensamos que no podemos. España debe revisar su modelo de Estado y su Constitución para adaptarlo al siglo XXI. Debe haber un retorno justo para los que aportan y unos mecanismos de solidaridad compensatorios.

Hay que tener en cuenta que ha habido regiones en la Historia de nuestro país que han sustentado a otras y viceversa en diferentes momentos. No quiero olvidarme de la industrialización del Norte, de la propia Cataluña o de la riqueza del sur en recursos naturales. Unos y otros se han ayudado durante siglos. Busquemos el punto de equilibrio y encaje de todos en el tema económico.

Quizás es la clave para que volvamos a sumar y dejemos de restar. Quizás un Estado Federal sería más parecido a la realidad del Siglo XXI. No lo sé, pero decidámoslo entre todos, todos, y pongámonos a ello. Vale ya de escurrir el bulto unos y otros.

Yo quiero volver a emocionarme como en Barcelona 92, cuando un señor de Soria sube al pódium y suena el himno nacional que la gente respeta entre la alegría general y las lágrimas de muchos, entre los que me incluyo.

Nada, nada es imposible de verdad. Volvamos a sumar.

#impossibleisnothing



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