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Depende de ti

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  A los que vivimos los años 90, nos dejaron marcas. Algunas se van con el tiempo, otras quedan para siempre. Cuando era universitario y estaba metido en 1000 follones, un día, una amiga (Olga) que había decidido vivir su fe en la Institución Teresiana, me llamó para proponerme un reto. Ella sabía que no me daba la vida. Pero aún así, supo que tecla tocar. Me habló de Julio, el cura del "Panbe" que "salvó" a miles de chavales. Sin autorización de sus superiores y con un par, había montado unos talleres ocupacionales en unos barracones de obra que le había cedido un constructor, después de acabar los edificios en lo que se realojó a gran parte de la población gitana del barrio. Yo había vivido en Carabanchel y había ido bastantes veces a Pan Bendito. No era un sitio muy recomendable en aquel momento. Las pandillas y la droga arrasaban con todo. Julio Yagüe fue uno de esos seres maravillosos que dieron esperanza a miles de personas. Se mezcló y no necesitó pistolas pa...

Todo tiene un sentido

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Hay quien me pregunta que por qué me expongo tanto en redes. Amigos que incluso me echan la bronca o se lo toman a pitorreo. Lo hago por una razón. Quiero que veáis que hay gente normal (al menos creo serlo) que hacemos cosas normales. Disfrutar de cada minuto, reír, enfadarnos, llorar, enamorarnos, desenamorarnos, los problemas con los mayores, los hijos…vamos, lo que nos pasa al 100% de los seres humanos. Y a pesar de eso, de mostrar que todos, sin excepción, somos vulnerables, también podemos hacer cosas “extraordinarias”. Pelear por los demás, ayudarles sin esperar nada a cambio, denunciar injusticias o lanzar nuestros propios proyectos. El mío, desde abril, DDM ( ddemiguel.com ), es un acompañamiento desde el punto de vista estratégico, de negocio y financiero. Está orientado a PYMEs que tienen esos bloqueos de no saber cómo seguir y quiere ayudar a crecer o desbloquear de manera sostenible y que sirva para evolucionar con sentido. Alguien normal, que sí, que ha sido directivo d...

Amor verdadero

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Hace unos días tuve el inmenso placer de realizar una ponencia en un encuentro de empresarios gallegos, promovido por AEGAMA (Asociación de Empresarios Gallegos en Madrid) y celebrado en la isla de La Toja, un lujazo. Llegué el día de antes (con el habitual retraso que hemos normalizado del AVE) y me di un paseíto por O Grove, paraíso natural y gastronómico. Iba sólo, a mi bola, disfrutando del momento, observando lo que pasaba a mi alrededor y escuchando lo que normalmente piensas que es ruido, y no es más que la vida que hay 10 metros a la redonda. Y entonces sucedió. Por el puente que conecta La Toja con O Grove, venía un matrimonio de ancianos. Calculo que unos 87-90 años él y 80-85 ella. Él caminaba despacito, con una muleta, cual futbolista saliendo de lesión. Ella iba delante, pero no le dejaba atrás. Lo miraba, con esa mirada de comprensión de honestidad, de entender que él había llegado a su bajón físico y sin embargo, con esa entereza de mujer luchadora, le ayudaría. Fue una ...

Recibes lo que siembras

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Estuve 4 años viajando a Londres cada dos semanas. Un día vi esto. Era pleno invierno, pude ver como un indigente estaba temblando de frío en una estación de tren. Se intentaba resguardar con cartones, pero el hielo los hacía aún más fríos. Muchos de nosotros le mirábamos. Pero no hacíamos nada. Seguro que pensábamos en hacerlo, pero no lo hacíamos. Entró en la estación un hombre hablando por teléfono. Iba envuelto en un abrigo de estos largos, elegante, forrado por dentro. Tenía pinta de ser muy cálido (y muy caro). Al pasar al lado del indigente se quedó parado. Puso cara de incredulidad, lo vi, y miró a su alrededor, a todos nosotros, los que estábamos allí, como preguntando: ¿Qué hacemos?. Y nos dio una lección de humildad y grandeza. Se quitó el abrigo, se arrodilló para poder alcanzar bien y envolvió en él al indigente. No se lo pensó, lo hizo. No hubo preguntas ni titubeos, lo hizo. Un ser humano ayudando a otro ser humano. Se metió en el vagón, ya solamente vestido con un traje...

La certeza de la duda

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Las Tres Moiras eran las tejedoras de la vida en la mitología griega. Cloto tejía el primer hilo, simbolizando el nacimiento de la vida. Láquesis medía el hilo, la longitud de la vida. Átropos, la más temida, cortaba el hilo por donde le parecía conveniente. Era la muerte que podía llegar en cualquier instante. Los dioses las tenían miedo. Incluso Zeus, dios de dioses, no estaba libre de sus designios. Las tres traían una certeza. La vida, con una duración limitada y a veces cortada de una manera inesperada. Las tres generaban dudas en los demás. ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Cuánto durará? ¿Qué debo hacer?. Generaban una incertidumbre que podía bloquear a quien no supiera gestionarla. Dudar es humano. Es otra certeza. No somos Moiras y no conocemos nuestro destino. Lo forjamos día a día. Pero las incertidumbres nos bloquean. Nos entra la desconfianza, primero con nosotros mismos y luego con los demás, y eso nos lleva al caos...a un barranco imaginario en el que parece que caemos. Las M...

Mi cita con la muerte

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En abril de 1999 tuve una cita con la muerte. Me visitó varias veces, pero no caí en su trampa. En aquel entonces había tenido unos momentos difíciles en mi familia. Los negocios de mi padre no habían salido bien y nos habían generado problemas económicos, que a su vez derivaban en mucha tensión entre mis padres. Y, por si fuera poco, cual peli de Hollywood, acababa de romper con mi amor de universidad. Estaba muy perdido. Antonio, un amigo de mi padre, productor de cine y televisión, había sido contratado por una tele autonómica para realizar una serie-documental con el comunicador más reconocido del momento sobre temas “misteriosos”, al que le gustaba mucho mezclar historia y ciencia con lo enigmático. El gran Fernando Jimenez del Oso, Lorenzo, redactor de la revista que dirigía Fernando, Pepe, operador de cámara, Antonio y yo, vivimos una aventura que cambiaría mi vida. Empezó en un vuelo desde Londres, de 20 horas con escala en Doha. Jamás había visto un aeropuerto con ta...

El brasero de la abuela

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  Recuerdo cuando era niño, en esos días de frío como el que hace hoy en Madrid. Llegar a casa de mi abuela en Carabanchel y meter los pies en esa mesa camilla redonda, de la que colgaba un tapete hasta abajo del todo. No se veía, pero cubría un tesoro, el brasero. Una fuente de calor superior a la de la energía nuclear cuando uno estaba en estado de congelación. La sensación de alivio cuando te cubrías las rodillas y se generaba esa ola de calor era un placer de infancia indescriptible. Lo malo venía cuando te salías del calorcito. Estuve gran parte de mi niñez con mi abuela, “la yaya”. Una de las mujeres de mi vida. La que incondicionalmente estaba conmigo. Llegar a su casa, meterse en el brasero y poner la tele, “El Santo” o los “Ángeles de Charlie”, mientras cenaba esas albóndigas caseras con patatas fritas a cuadritos era maravilloso. Aunque fuera domingo por la noche y hubiera cole al día siguiente, deseaba ese momento. Sentía el calor y el amor detrás del calor. ¿Qué p...