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miércoles, 26 de julio de 2017

A la ville de...

Lo recuerdo perfectamente. Era después del Mundial de México 86, donde aquellos penaltis nos dejaron fuera en los Cuartos de Final, como era lo normal. Había sido la segunda desilusión deportiva del año después de la Final de la Copa de Europa perdida por el Barça en Sevilla.

Era principio de curso, septiembre u octubre. Llegaba del cole a casa. Era la hora de comer. Tenía 30 minutos y luego volvía a disfrutar un rato de recreo y a clase. Pero no era cualquier día, era el día, ese día.

Yo era “el cata”, mote puesto por un compañero y uno de mis mejores amigos. Lo de “catalán” era demasiado largo para él y así me bautizó, y así me quedé para siempre…”el cata”. Hasta tal punto que había profesores que no se conocían mi nombre.

Ser catalán en Madrid, en aquellos años, siendo niño (tenía 12 años) era una temeridad. Y eso que yo tenía pasado Madridista, pero mi uso de razón futbolística, que empezó por aquella época (antes se iba más lento), acabó de evangelizarme para el barcelonismo, y luego el dream team lo remató.

Había sido un año de lloros deportivos. Sí, antes los niños llorábamos cuando nuestro equipo perdía un evento de tal magnitud. No nos consolábamos con el móvil después. El Barça, España…

Y llegué a casa, donde estaba mi abuela que, con su cocido espectacular, más caliente que el infierno, encendió la mini tele que estaba en la cocina. Lo recuerdo como si fuera hoy. Jamás se me olvidará ese momento.

Y apareció él, ese señor mayor. Samaranch. Y lo dijo…grabándose a fuego en mi mente para siempre…” a la ville de” y mientras abría el sobre exclamó “andè mamà”…y siguió…”a la ville de…Barcelona, España".

Fue el subidón de mi vida. Uno de los primeros. Afortunadamente ha habido más y mucho más importantes. Pero imaginar, “el cata” ganaba, habían elegido Barcelona, en contra de lo que los otros niños querían. Había muchas reticencias con Cataluña y los padres se lo transmitían a los hijos…y era una victoria para mí, de alguna manera.

Me comí el cocido prácticamente con el embudo, a pesar de lo caliente que estaba. Necesitaba ir al cole y contarlo. Yo era el que tenía la información privilegiada. No había internet, ni móviles y sólo los que comíamos en casa lo habíamos visto. Respiré hondo, devoré el cocido al sprint y salí como un Ferrari hacia el cole.

Y llegué el primero para contarlo. Estaban mis compañeros jugando ya al fútbol mientras otros salían del comedor. Y yo, como aquel soldado en Maratón, traía la buena nueva. “que lo sepáis, ha sido Barcelona”. Que alegría indescriptible. Aún lo recuerdo y os prometo que me emociono.

Mis compañeros pasaron del “que se fastidien los catalanes” a “que bueno para España”. No sé si por la alegría que transmitía o porque algo les hizo entender que esto era de todos, no solo de “el cata”. Pero vieron que tenía más cosas positivas que negativas. Y más aún al cabo de los días, cuando aquellos padres forofos que despreciaban a los catalanes lo empezaron a ver y transmitir como un logro colectivo.

Supongo que hubiera sido lo mismo al revés, si yo fuera un madrileño en Barcelona y se lo hubieran dado a Madrid. Al menos en aquel tiempo, de tanta, tantísima rivalidad deportiva y de todo tipo. No lo sé, pero el caso es que me tocó vivirlo así.

Luego vinieron 6 años de preparación. Recuerdo los programas de televisión de Barcelona 92 los sábados por la mañana. Yo era judoka y competía y deseaba que en algún campeonato viniera la televisión a grabarnos.

Empezaron a sonar nombres de deportes que no sabía que existían. Era muy curioso ver como personajes tipo Fermín Cacho se convertían en ídolos por la posibilidad de… tener una medalla. Y siendo judoka que decir de Miriam Blasco. Verla con la medalla más adelante fue la apoteosis.

Pasaron los 6 años. Por supuesto fui voluntario Olímpico, pero no fui afortunado en ir a Barcelona a verlo in situ. Así, el 25 de Julio de 1992 estaba en Benidorm. Mis padres tenían una casa allí, donde veraneaba y llevaba un mes, después de haber acabado la selectividad y elegido mi futuro universitario. Imaginaros, 18 años, Benidorm, verano…

Ese día estábamos cenando y viendo la ceremonia de inauguración. Había quedado de una forma atípica con mis amigos. La consigna era 15 minutos después de que encendieran la antorcha. Creo que llegamos todos media hora tarde…enganchaba el ambiente.

Y llegó el momentazo. Después de la ceremonia bastante colorida y entretenida con un repaso a nuestra cultura y unas actuaciones musicales de nivel (la creme de la creme de la Ópera de nuestro país), llegó el momento. Salió España. Se me ponen los pelos de punta al recordar el estadio Olímpico de Montjuic puesto en pié, orgulloso de que salía su país, nuestro país. La sonrisa del abanderado lo decía todo y las lágrimas en grada y palco lo ratificaban. Era un éxito para todos, algo que quedaría para siempre.

Y por una vez, lo vivimos juntos sin necesidad de tener un enemigo común que nos uniera. Nos sentimos parte de un colectivo y, cada uno, con su granito de arena, quería contribuir al éxito del conjunto que desde un principio quedó claro que era más importante que la individualidad.

Fue maravilloso. Pero hubo más. Salió mi ídolo, Juan Antonio San Epifanio. Epi. ¡¡¡Era Epi!!!. Él era el último relevista de la antorcha. Las lágrimas no me dejaban ver. Matías Prats y Olga Viza lo narraban emocionados y lo transmitían. Era un momento colectivo único. Epi era un jugador del Barça pero estoy seguro que todos los españoles, o una gran parte, nos sentimos identificados con él en ese momento. Portaba el sueño de un país y no importaba su afiliación deportiva.

Pero no acaba ahí, llegó Rebollo. Y fue el culmen. Esa flecha maravillosa. Con ese truco de efectos especiales conocido años después y esa espectacularidad de ejecución. Y encendió la llama. No sólo en el pebetero, también en el interior de mucha gente. Era nuestro momento.

Fijaros como fue la cosa que cuando el Rey Juan Carlos iba a declarar inaugurados los juegos, recibió tímidos pitos por los que siempre están sembrando división. Duraron 1 segundo, pero 1 segundo real, el tiempo necesario para que las 80 mil personas que allí había aplaudieran sin fisuras. Su “benvinguts a Barcelona” se ganó a todos. No hubo discusión, había un interés superior a colores y opciones políticas o de Estado. Fue unánime. Fue la h…ia.

Después los 16 días de gloria. Multitud de momentos que no se olvidan nunca. Los catalanes nos hinchamos a aplaudir a rabiar a los nuestros, ya fueran de Granada, Soria, Melilla, Donosti, Pontevedra, Madrid o Palamós. Éramos todos uno y uno todos.

La final de fútbol dio visibilidad de lo que allí había pasado. Un equipo de chavales, en un ámbito que no era el suyo (la Olimpíada) con un apoyo institucional inicial dudoso y con muchas dudas sobre hasta dónde llegarían, fueron capaces de llenar el Camp Nou (cien mil personas más o menos entonces) y llenarlo de banderas españolas mezcladas con senyeras, que también es una bandera de todos. Ese gol de Quico (hoy Kiko) fue como el de Iniesta, el gol de todo un país. Desató la locura. Qué momento.

Barcelona 92 fue unos de los momentos mágicos que Barcelona como ciudad, Cataluña como territorio y España como país no olvidarán nunca. El impacto económico y de cambio en la ciudad fue brutal. 19 mil millones de impacto versus 6 mil millones de coste. Hablo de millones de euros. No hubo fisuras entre administraciones y se trabajó a destajo por parte de todos para que saliera bien. Y asombramos al mundo e incluso a nosotros mismos.

Pero tuvo otro impacto. El que no se puede explicar. El sentimiento de pertenencia que jamás se había vivido en este país. La capacidad de sumar, sólo sumar.

Hoy, este catalán pide a los que gobiernan que se hagan un hueco en la agenda y se vean uno de esos documentales de 40 minutos que corren por la red de lo que fue y significó Barcelona 92. Y les pide que recapaciten, todos.

Juntos podemos hacer cosas que incluso pensamos que no podemos. España debe revisar su modelo de Estado y su Constitución para adaptarlo al siglo XXI. Debe haber un retorno justo para los que aportan y unos mecanismos de solidaridad compensatorios.

Hay que tener en cuenta que ha habido regiones en la Historia de nuestro país que han sustentado a otras y viceversa en diferentes momentos. No quiero olvidarme de la industrialización del Norte, de la propia Cataluña o de la riqueza del sur en recursos naturales. Unos y otros se han ayudado durante siglos. Busquemos el punto de equilibrio y encaje de todos en el tema económico.

Quizás es la clave para que volvamos a sumar y dejemos de restar. Quizás un Estado Federal sería más parecido a la realidad del Siglo XXI. No lo sé, pero decidámoslo entre todos, todos, y pongámonos a ello. Vale ya de escurrir el bulto unos y otros.

Yo quiero volver a emocionarme como en Barcelona 92, cuando un señor de Soria sube al pódium y suena el himno nacional que la gente respeta entre la alegría general y las lágrimas de muchos, entre los que me incluyo.

Nada, nada es imposible de verdad. Volvamos a sumar.

#impossibleisnothing



lunes, 3 de julio de 2017

Que será, será...

Querido hijo,

Cuando seas mayor podrás conseguir todo aquello que te propongas. No te preguntes "qué será si"…o "y si" No pierdas el tiempo con eso, todo dependerá de ti. Sin excusas, sin miedos alrededor, todo estará en ti. Eso sí, costará esfuerzo, y debes prepararte bien para ello, pero recuerda que tú serás el responsable de todo lo que te pase.

Habrá agoreros que sólo verán peligros y motivos por los que no hacer nada. Te hablarán de las crisis, los ciclos, los hijos, las guerras…No les hagas caso, por desgracia se trata de personas que han perdido la esperanza o que no han sabido vencer sus miedos. Ayúdales siempre que puedas. El mejor favor que puedes hacerles es enseñarles que todo es posible.

Mientras te haces mayor te dirán muchas veces que eso no se puede hacer, que nadie lo ha conseguido, que si estás loco…no caigas en esa trampa. Si tú lo crees esfuérzate y lo conseguirás. Y cuando te caigas, aprende la lección y levántate. No hay nada más satisfactorio que el conseguir algo en lo que se cree a base de esfuerzo.

Estudia, lee, juega, disfruta. No dejes de ser un niño, un adolescente, un joven, un adulto, un anciano…Nadie puede quitarte tus momentos. Quien lo intente no te merece. Disfruta cada segundo, mira siempre el lado positivo de todo, la enseñanza que te da, la posibilidad de ser mejor y hacer que otros mejoren, incluso al estudiarse un examen o topar con la burocracia. Cuando seas muy mayor y mires atrás sólo sonreirás si fuiste capaz de disfrutar cada segundo.

Enamórate, diviértete, haz locuras, pero controla. Siempre con respeto hacia ti mismo y hacia el resto. Huye de los que necesitan arrasar con todo para llamar la atención. Ni de los que piensan que lo guay está en descontrolar sin medir. A veces tiene consecuencias nefastas. No han entendido nada. Los radicalismos no benefician a nadie.

No te rindas jamás. Habrá momentos en que sólo desees hacerlo. Es ahí donde debes acordarte de todo lo vivido para llegar hasta ese momento y saber que eres capaz de superarlo. La vida es un ejercicio de superación con uno mismo. Prueba y error. Pierde, equivócate y aprende de la derrota y así mil veces, pero siempre superándose, atreviéndose. Si te rindes una vez lo harás muchas, si no te rindes nunca, jamás dejarás de superarte. No te rindas, nunca.

Sueña y persigue los sueños. Dedícate a lo que te genere magia permanente. Todo lo que uno hace tiene momentos más interesantes y otros menos divertidos. Disfruta de ambos, pero sobre todo que te sirvan para alcanzar tus sueños. No hagas algo que sólo te de dinero o un estatus, serás muy infeliz. Haz algo que te llene y ponga una sonrisa permanente en tu cara, incluso cuando sale mal.

Por el camino, no sólo te dirán que no se puede, sino que habrá obstáculos. Muchas veces los verás venir, otras no. Habrá desilusiones puesto que gente en la que confiarás te defraudará. No mires atrás, quien no te aporte sácale de tu vida. Las personas son seres maravillosos, pero muchas veces se corrompen con envidias y otros intereses. Lo mejor es rodearse de gente que te quiera de verdad, en toda tu dimensión, sin necesidad de apariencias.

Toma partido. No pases por el mundo de manera pasiva. Ten opiniones, idealismos, y actúa. Seguramente las redes sociales serán muy sofisticadas en unos años, pero no te hagas un revolucionario de sofá. Actúa y lucha por lo que crees. Se justo y respetuoso, no está reñido con tener ideales.

La tentación de diferenciar a las personas por poder económico o social estará ahí. Cuando las cosas vayan bien tendrás muchos amigos y todos te ensalzarán. Mantén la cabeza fría y no apartes de tu lado a los que estuvieron cerca cuando las cosas iban mal. Ellos son los que no te aplaudirán sin merecerlo, son los que te hablarán desde el corazón. No cambies la adulación de los que buscan interés por la conversación de quien te ve cómo eres. No hay color. Ten la humildad como una brújula.

El esfuerzo, la constancia, la confianza en que vas por el buen camino y el saber aprender de los errores, te llevarán al éxito. No hay otra fórmula. Las hay más rápidas, pero no sostenibles. Sólo sobre unos buenos cimiento podrás construir una casa fuerte. Cuanto más lo trabajes más fuerte será.

Cuando llegue ese éxito, que llegará, no tengas miedo. Asúmelo con humildad y piensa que lo difícil es mantenerlo. Sólo lo mantienen para siempre las buenas personas. Los malos, con el tiempo, siempre pierden. Mantente en tus convicciones y no dejes que el lado oscuro entre. Será muy importante rodearse bien entonces. No te tiemble la mano con quien no te aporte, expúlsalo enseguida de tu vida.

Todo tiene su momento y su explicación. Cuando te sientas sólo mira alrededor y verás que no lo estás. A veces es duro hacerse mayor y relacionarse con los demás. No pasa nada, es cuestión de tiempo. Todo llegará.

Siempre habrá alguien a tu lado.

Papá

#impossibleisnothing

jueves, 8 de junio de 2017

La importancia de reconocer...

¿Quién no recuerda aquel famoso “tigres, tigres, leones, leones todos quieren ser los campeones”? Lo cantaba un señor que cuando yo era niño me hacía pasar unas tardes mágicas, con lo que era una tele en pañales en aquel momento.

Después de la canción y de la competición divertida entre equipos siempre acababa con el ya célebre, “lo importante no es ganar, es participar y divertirse”. Algo que hemos repetido hasta la saciedad, a nuestros amigos, nuestros hermanos, nuestros hijos...incluso a nosotros mismos cuando no nos salen bien las cosas.

Y es cierto…a medias. Un deportista tiene como objetivo ganar, un político tiene como objetivo (ejem!) ganar, un abogado tiene como objetivo ganar, y así sucesivamente. Es decir, en el competir va implícito el deseo de ganar.

Lo he escrito en este blog más de una vez. La competición es siempre contra uno mismo en primer lugar y después contra los demás. Uno necesita sentirse realizado y con esa sonrisita de felicidad, del trabajo bien hecho, tanto cuando desempeña una tarea en un trabajo como cuando compite en un campeonato, y todo eso, es primeramente, con uno mismo. Pero también quiere batir a los rivales.

¿Y eso por qué pasa?

Pues porque lo que todos buscamos, de una u otra forma es el reconocimiento. El primero el de uno consigo mismo, el siguiente, el de sus seres queridos, que son los que le “soportan” y el final con el resto del mundo, el público, a la escala que sea. Y ganar significa el tenerlo.

Es muy importante reconocer lo que se hace bien. Muy muy importante. Sobre todo, si uno gestiona personas, ya sea en el ámbito deportivo, en el familiar (los niños son consumidores continuos de reconocimiento) o en el profesional. El reconocimiento, a todos los niveles, refuerza la confianza de una persona y lo sitúa mentalmente en una mejor posición para aportar cosas y que el resto se pueda beneficiar de ello también. Sin reconocimiento no hay tarea completada, aunque se haya alcanzado el objetivo.

También es muy importante el “no reconocimiento”. No me refiero al castigo, que es un mensaje distinto, sino el “no reconocimiento”. No es lo mismo el “no reconocimiento” que se da a algunos “segundos” en un campeonato que a otros. Cuando el segundo ha convencido a los que le han visto competir, se le alaba, aunque haya perdido, pero si lo importante era el resultado por encima de todo (Argentina en el último Mundial de fútbol perdiendo por penaltis), entonces no hay reconocimiento y se critica duramente, olvidando el camino recorrido.

Por ello, a veces, el premio de consolación, la medalla de plata, el reloj del trabajo, el diploma honorífico de la universidad, etc, es un sufrimiento. Y otras es un motivo de orgullo.

El orgullo, ese gran falso amigo. Puede convertirnos en los seres más terribles, pero también en los más maravillosos. Es un arma de doble filo que también nos obliga a fijar algunas líneas rojas que no debemos traspasar. Ese orgullo, en positivo, es alimentado por el reconocimiento. Si no existe el reconocimiento el orgullo se resiente y precipita una reacción en cadena (confianza, inseguridad, etc).

Por eso en la dirección de equipos, de cualquier tipo, es muy importante gestionar esas expectativas de reconocimiento. El talento es un bien escaso y los buenos profesionales que sean buenas personas son aún más escasos. Si no ganan el partido necesitan ese premio de consolación, pero el que sí tiene valor para que les estimule a seguir intentándolo. Es importante eso.

El reconocimiento no es el doblarle el sueldo a Messi o a un colaborador. Un niño quiere reconocimiento y no sólo es material, de hecho, sobre todo no es material, es afectivo. El reconocimiento es aquello que consigue motivar al otro para dar lo mejor de sí, tanto si la cosa sale bien como si sale mal. Es la forma de que no desconecte de un objetivo cuando sólo faltó una décima de segundo para ganar la carrera.

Por eso creo que todas las organizaciones deben cuidar mucho la forma en que hacen esto. Un gestor de personas debe tener inteligencia emocional para saber reconocer y “no reconocer”. Y debe tener inteligencia para valorar la importancia que tiene esto. Es la diferencia entre un líder y un “jefe” muchas veces.

Yo, iluso de mí, sigo creyendo en la naturaleza positiva de las personas. Creo que deberíamos ser menos competitivos y reconocer los méritos de nuestros “competidores”. Un poquito de fraternidad no viene mal, si es sincera. Recuerdo ese minutito en la TV americana en el debate de Hillary y Trump cuando les pidieron que dijeran algo bueno del otro. Me gustó. Lástima que después por la espaldilla…


#impossibleisnothing

martes, 30 de mayo de 2017

Juguetes rotos

Son historias que se repiten todos los días. Grandes promesas, niños que apuntaban maneras, eternos aspirantes…y finalmente juguetes rotos. Pasa a menudo en el deporte, pero mucho más a menudo en nuestro día a día. Aquellos que parecían invencibles, destinados a un éxito innegable y que, de repente, cayeron en desgracia.

Y es que el exceso de euforia o de crítica tras la victoria o la derrota es algo externo a nosotros. Incontrolable en cuanto a que normalmente son terceros quienes nos alaban o nos desahucian a la velocidad del rayo. El riesgo está en creérnoslo, y pensar que podemos vivir de eso para siempre en el caso positivo o que es un pozo del que nunca saldremos en el caso negativo. Juguetes que se rompen por sobrevalorar las opiniones externas, sin tener los pies en el suelo para relativizarlas.

Pero la autoestima y la determinación no están fuera de nosotros mismos. La capacidad de entender que lo bueno nunca es tan bueno y lo malo nunca es tan malo, es algo que no depende de los demás. Aislarnos del ruido de terceros y confiar en nosotros mismos, con humildad, sin aspavientos es algo que depende de nosotros mismos y se llama madurez. Incluso se empieza a aprender desde niños, cuando cualquier crítica es una frustración...

Yo no creo en los juguetes rotos. Creo en las personas (siempre lo haré), que incluso, en su lado más cruel y egoísta tienen la oportunidad de cambiar la situación. Depende de cada uno de nosotros, no de lo que digan los demás. A pequeña escala hay que aislarse del entorno muchas veces para no meterse en una bola de nieve imparable. A gran escala es necesario obviar el encumbramiento desmesurado o la crítica feroz que hacen algunos medios.  Está en nosotros, no en ellos.

Me encantan los casos de personas "desheredadas "por la sociedad, debido a presiones mediáticas y a los momentos de debilidad en que no son capaces de sobreponerse y decir "aquí estoy yo". Es común en el deporte, aquellos que te alaban te destrozan al día siguiente y te caes al pozo y de repente, cuando te das cuenta que todo depende de ti, y no de ellos, resucitas. Hay un montón de casos en la Historia. Me encanta ver como agachan la cabeza esos que fabrican los “juguetes rotos”.

No sólo es en el deporte. Pasa en los trabajos y en todo ámbito de la vida. Los campeones del instituto o de la facultad que acaban en estado de depresión permanente, sin ver luz. O las eternas promesas de las empresas que se creen ese estado de admiración ficticio y que un día despiertan con una buena caída, entendiendo que la vida es hechos, y sólo hechos.

Ahí empieza el camino del éxito en verdad.

El éxito, en todos los ámbitos y en el concepto que lo entienda cada uno, depende de nosotros mismos. No nos empeñemos en mirar para todos lados buscando culpables y agarrarnos a una excusa. Eso se llama cobardía. No depende del que te promete el cielo y luego no te lo puede dar. El error es nuestro, no suyo.

El éxito, que en mi caso entiendo como tener una sonrisa permanente en la cara en vez de un gesto de mal humor, se fragua con autoestima, esfuerzo, mucho esfuerzo, determinación y relativizando el ruido externo. Cuando uno cree en lo que hace, se motiva para conseguirlo y no hace caso de los comentarios extremos, ni positivos ni negativos, al final lo consigue. Tarda más o tarda menos, pero lo consigue.

Pero cuando uno vive de lo que le dicen los palmeros de alrededor que desaparecen cuando la cosa va mal, dejando paso a las hienas con su crítica destructiva, entonces tiene el futuro muy gris. Ojo con palmeros y hienas. No son de fiar, ni unos ni otros. Mejor aquellos que te dicen las cosas como las ven, sin adornos, sin crear falsas ilusiones.

Ni caso cuando alguien va a destruir. El que destruye es porque no puede construir. Quizás porque no fue capaz de superar que los palmeros le dejaran solo. Ni caso a los “terroristas de la autoestima”.

Desde mi punto de vista uno alcanza su nivel máximo cuando cree, se esfuerza, lucha y no se rinde y además se rodea de personas en su misma sintonía, que nunca defraudan. Un amigo de verdad te escuchará y te dirá lo que siente, sin tapujos, tanto lo bueno como lo malo, pero no te engañará. Mucho mejor tener a estos cerca.

Insisto, no hay juguetes rotos. Hay momentos buenos y momentos malos, pero todo depende de nosotros…no desperdiciemos el tiempo culpando a otros o lamentándonos de la mala suerte.

#impossibleisnothing




viernes, 26 de mayo de 2017

La gestión del cambio

Todos tenemos la capacidad de imaginar. Uno puede concentrarse en pensar cómo serán sus vacaciones de verano, ver el mar, el chiringuito, las cervecitas… Incluso podemos imaginar aquello sobre lo que no tenemos una experiencia previa, por ejemplo, en mi caso, cómo sería un viaje a la Antártida, los pingüinos, grandes bloques de hielo, ese café caliente a temperaturas bajo cero en agosto…

Y si puede imaginarse puede hacerse decía Walt Disney. Imaginarlo es el primer paso para hacerlo posible. Después está la actitud de hacerlo y la determinación y el ingenio para superar cualquier obstáculo. Todo ello, dependiendo de nosotros, de cómo somos capaces de jugar nuestras cartas en un entorno que puede incluso ser desfavorable.

Esto es la analogía del cambio. El cambio, del tipo que sea, no está en el entorno. Da igual que haga calor o frío si lo que quiero es viajar al mar. Después "lidiaré" con ese factor, pero la actitud y la determinación de ir al mar depende de mí, no del clima.

El cambio depende de uno mismo. El gestionar factores externos o imponderables depende también de uno mismo. El hecho de proponerse una meta, un reto, no significa que sea fácil. Y de nuevo, de todo ello, el responsable es uno mismo.

Me diréis, si claro, pero por ejemplo Messi no puede ganar por sí sólo un Mundial. No depende de él, depende de todo el equipo. Y tendréis razón, depende de muchos factores, pero el cómo los gestione el equipo, entre ellos Messi, dando el mejor rendimiento, dependerá que ganen o no. No depende de uno sólo la victoria en una competición colectiva, pero sí depende de cada uno el tener el máximo rendimiento que pueda dar para que, unido al máximo rendimiento del resto, puedan ser campeones.

Insisto, somos los principales responsables de lo que nos pasa. También de la gestión de nuestro propio cambio para poder cambiar así situaciones.

En el plano personal creo que es evidente. No podemos estar excusándonos en lo que hacen o dejan de hacer otros para tomar nuestras propias decisiones. Si las tomamos o si no lo hacemos es porque “lo consensuamos” con nosotros mismos, con el coste que ello conlleve. Gestionar cambios supone gestionar costes, sobre todo en el ámbito personal.

Cuando hablamos de cambios en las empresas, con la palabra de moda, transformación, supone alinear a las personas que componen una organización en ese objetivo. Si alguien quiere transformar una empresa, lo primero que debe transformar es su cultura y eso supone alinear a la gente en ese ejercicio.

La transformación no supone un ejercicio de simplificación, digitalización, cambio tecnológico. No, eso son consecuencias. La transformación supone un cambio de mentalidad, de aspiración, de cultura y todo ello aderezado con una clara determinación a hacerlo. Cualquier ejercicio de cambio que se olvide del cambio de los individuos en primer lugar, será un fracaso.

Esto lo vemos en las start ups. La gestión del cambio es inmediata porque su vida es un cambio en sí mismo. Son ágiles porque sus miembros tienen ese alineamiento y ese chip cultural. Estas compañías nacen con ello y el que disiente tarda poco en abandonar el barco o le echan por la borda. Ese alineamiento propicia que pase todo lo demás.

En las organizaciones grandes o con una Historia es más complicado. Influyen muchos factores y el generar cambios personales para propiciar un cambio global tiene muchas aristas. Se trata de retar a cada uno de los individuos de la organización y que se sientan motivados, no hablo de nivel salarial, sino desde el punto de vista de proyecto. El proyecto común debe ser un reto y las tareas individuales para llegar a él deben ser otro. Hay que provocar que cada persona rompa con su status-quo, a veces muy mantenido en el tiempo, y entienda que el salir de su zona de confort será una aventura enriquecedora y que le hará crecer.

Esa es la tarea del entorno, de los “jefes”, de la organización como tal en todos sus niveles, generar las condiciones para que se produzcan esos cambios individuales que lleven a la transformación de la compañía.

Y después es cuando ya si, hablaremos de reorganizaciones, digitalizaciones (que por cierto, digitalizar no se trata de escanear documentos en papel y pasarlos a pdf), sistemas tecnológicos y todas las consecuencias que conllevan el haber propiciado la apertura individual de mente.

La gente de talento, cultura, recursos humanos, los ejecutivos, directivos, etc saben mucho de toda esta teoría. Lo difícil es hacerlo. El error es hacerlo desde el tejado, sin poner los cimientos. Insisto, hay que generar las condiciones para que cada individuo de la organización quiera romper con su status quo, sea el que sea, y acepte como un reto la aventura de cambiar de enfoque, de trabajar distinto y de alinearse en un objetivo común que debe ser muy claro.

Todo esto se puede entrenar. A las personas se las puede “educar” para que tengan esa motivación y menor aversión al riesgo. Al igual que se enseña distinto a un ingeniero que a un abogado, una organización puede enseñar a sus miembros a pensar en positivo y mirar con el prisma de aceptar el reto. Para ello tiene que generar condiciones claras que permita que la gente no se cohíba en ese proceso. Debe despenalizar los errores por atreverse, debe impulsar el intraemprendimiento, debe premiar el esfuerzo, debe romper los silos, debe forzar a la colaboración, etc. Eso motiva que los individuos acepten la transformación. Tiene que haber reglas de juego claras e iguales para cada nivel.

Esto es muy difícil de hacer y por eso a veces pensamos en las grandes compañías históricas, de referencia del mundo, como si fueran elefantes que son difíciles de mover. Y nos equivocamos, al menos en lo que yo conozco. Nos equivocamos por un motivo, sus miembros sólo necesitan un empujoncito para atreverse en la mayoría de los casos, se trata de ser transparente en las reglas de juego y propiciar que se juegue el partido. Es un pasito más quizás para que la mentalidad colectiva realmente se transforme. Un pasito que se debe impulsar desde todos los niveles, pero el proceso de haber llegado a ese punto, ya se ha completado. Queda ese impulso final. 

No pensemos que los grandes están en la prehistoria de todo esto porque nos estrellaríamos de lleno. Los grandes lo son porque lidiaron muchas de estas antes. Cuidado con los prejuicios.

Acabo como empecé. El cambio sólo depende de nosotros mismos, de nadie más. Si el entorno no genera las condiciones a lo mejor hay que cambiar de entorno, pero no lo pongamos de excusa. Y si no, arrimemos el hombro para que cambie.

#impossibleisnothing



jueves, 4 de mayo de 2017

Las organizaciones del futuro

Ya lo decía Radio Futura en los años 80, el futuro ya está aquí.

Y el futuro no tiene marcha atrás es imparable, aunque le pongamos las barreras más altas, las traspasará, por lo que es mejor prepararse para disfrutarlo en vez de hacerle la guerra.

El cambio y la cultura de cambio siempre ha sido un gran hándicap de las organizaciones en España. Aplica a todos los ámbitos ya sean culturales, empresariales, deportivos, Estado, etc. Se generan unas estructuras jerarquizadas, más o menos pesadas, que ralentizan la inevitable metamorfosis.

La tecnología ha acelerado el proceso. Las nuevas organizaciones nacen sobre bases tecnológicas que fomentan una cultura distinta, de constante dinamismo y apertura de mente. Es una innovación permanente, un jarro de agua fresca que inunda nuestra sociedad, aunque de momento en pequeña escala y en muchos casos con muchas trabas.

Pero aquellas estructuras tradicionales, con Historia, necesitan transformarse, la palabra de moda. La transformación no es solo el mensaje de un alto Directivo o de un Presidente de una asociación o de un organismo público. Es el mensaje y la ejecución del mensaje con el cambio cultural que genera y que es lo que posibilita el cambio.

Y en eso España falla. Poco a poco esa nueva energía cambia cosas, pero lo hace muy lento. Los compartimentos estancos no se acaban de romper y el miedo a atreverse o al “que dirán” puede con las ganas de surfear la nueva ola. Sólo si se entrena a los que posibilitan esos cambios es posible romper la barrera y afrontar un proceso de transformación de verdad.

Transformarse no supone echar a la mitad de una plantilla o de los funcionarios o de los miembros de un club y sustituirlos con máquinas. No supone “simplificar” (otra palabra de moda) a tutiplén. Supone racionalizar los nuevos objetivos que la sociedad demanda a las organizaciones (nuevas o antiguas) y desarrollar capacidades y procesos internos (analógicos y digitales) para atenderlos. La reticencia de muchos responsables de impulsar cambios viene por aquí, por el “riesgo” que le puede conllevar de simplificarse a sí mismo, cuando a lo mejor el enfoque es pensar en la nueva ventana de oportunidad que se le abre.

Transformarse es despertar a los dormidos, chascarles los dedos en la oreja y decirle, “¡arriesga! ¡Prueba a ver qué pasa!”. Se acabaron los puestos de trabajo o membresías de estar toda la vida haciendo lo mismo, encadenado a la silla y siendo disciplinado, sin ruido. La nueva cultura exige que se cuestionen las cosas, que se propongan nuevas soluciones y que se haga en equipo, rompiendo absurdas cajitas opacas que aún persisten en casi todo el tejido empresarial y el sector público español.

El talento tiene un papel importantísimo. Es buenísimo tener en un equipo gente “mejor” técnicamente que el responsable en algunos ámbitos y complementarlos con el resto del equipo y hacer que el aporte de valor sea exponencial. Aquellos jefes, bastante típico de empresas familiares o la Administración, que piensan que no se equivocan o que alguien jerárquicamente por debajo en la estructura no puede aportar nuevas cosas, se equivocan y no aguantarán el tirón de lo que viene. Al talento hay que dejarlo salir y darle oportunidades, si no la organización muere y hoy día, muy rápidamente.

Cada vez hay más y más proyectos que nos demuestran que no se puede parar una nueva cultura. Los jóvenes, con sus defectos y sus virtudes, aportan algo novedoso en nuestro país. No tienen miedo. A veces lo llevan al extremo y se pasan de contestatarios, y a veces se rinden ante las dificultades, pero defienden sus ideas y pueden ver más allá del corsé social con el que han crecido sus mayores. Y eso, bien encauzado, transformaría nuestro país, en todos los ámbitos. Pero nos cuesta, nos cuesta dar el paso…

Pronto veréis ideas revolucionarias sobre como relacionarse, como trabajar, como formarse, como comprar, en definitiva, como dinamizar nuestras vidas y las organizaciones a las que pertenecemos de una manera u otra. Y todo de manera colaborativa. No diviso un trabajo futuro que no sea por proyectos, con hitos concretos, con autogestión, herramientas tecnológicas, pocas oficinas “presenciales” y sobre todo mucho conocimiento compartido y trabajo en equipo.

No, no me leáis como si fuera una pitonisa leyendo unas cartas que mienten. No, leerlo y pensar si no está pasando ya a vuestro alrededor, y sobre todo, si estáis preparados para ello… ¿lo estáis?

Ya hay emprendedores poniendo esto en la coctelera y diseñando la formación necesaria para ese entrenamiento de líderes del futuro, multidisciplinares, con grandes habilidades comunicativas, de trabajo en equipo y comprensión del peso de la inteligencia emocional… Proyectos como Osmotic  https://vimeo.com/213526433 darán mucho que hablar…


Atreveros, despertar, nos viene bien a todos… #impossibleisnothing

miércoles, 29 de marzo de 2017

La teoría del enemigo común

Cuando un extranjero viene a España hay algo que no entiende. Disfruta de nuestra hospitalidad, admira nuestra alegría y se hace partícipe de la riqueza histórica, cultural y medio ambiental de nuestro país. Pero una cosa no le entra en la cabeza. ¿Por qué los españoles estamos siempre a la gresca unos con otros?

Es cierto que en sus países de origen también tienen sus cosas (muchas), pero como naciones casi todos entienden que son mucho más fuertes cuando tienen un mismo objetivo y se unen para alcanzarlo. Hay cosas que no se cuestionan porque están en el ADN de sus pueblos. Unidos tienen más opciones.

Pero también saben que nosotros no somos así y por eso somos débiles, muy débiles. Incluso nos califican de cobardes sin decirlo, y no les falta razón muchas veces. Sólo nos oyen quejarnos y tirar piedras contra nosotros mismos, con poco reconocimiento de virtudes, que alguna, como pueblo, tendremos.

Claro, llevamos más de mil años como “nación” y más de mil años de división. La última bastante reciente y no superada. Los siglos XIX y XX fueron siglos de constante revanchismo y de ajustes de cuentas. Los unos con los otros y los otros con los unos.

A esto se junta que en la coctelera podemos meter agitadores profesionales. Personas de relevancia en nuestra sociedad que constantemente agitan fantasmas en beneficio de sus propios intereses. Esto nos hace discutir unos con otros y debilitarnos cada vez más. Excepto en determinados eventos… donde vamos todos a una.

Es curioso cuando un evento deportivo, que es sólo eso, un juego, consigue que haya consenso en lo básico, en lo esencial. Por supuesto siempre hay disidentes, pero son insignificantes en relación a la mayoría.

Y tiene un por qué. No pasa por generación espontánea o porque todos nos convirtamos en muy fan de Iniesta o Nadal de la noche a la mañana. Tiene una razón de fondo. Encontramos un enemigo común y frente a él sí se nos olvidan las viejas rencillas. Bueno, no se nos olvidan, pero las aparcamos y nos parecen irrelevantes, porque enfrente tenemos un enemigo al que vencer y como por arte de magia, nos vuelve la valentía y la confianza como pueblo.

Lástima que el evento deportivo pase y la magia se desintegre en un milisegundo. Lo bonito que es el momento en el que sentimos la sensación de ser parte de un engranaje mayor…capaz de todo.

Pero una cosa son los juegos y otra cosa nuestras vidas. Y ahí es distinto. Como sociedad no tenemos esa causa común, y mucho menos un enemigo común. El paro, la desigualdad, la pérdida de valores, la educación, parece que son las causas de otro. Del político de turno, el cual nos sale muchas veces rana, o de determinados lobbies que pensamos que mueven nuestras vidas como si fuéramos marionetas. Entonces llega la división y la derrota…y nos entra miedo.

Como decía ese gran filósofo llamado “Maestro Yoda” <<el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento y el sufrimiento al lado oscuro…>> y aunque sea metafórico, ese lado oscuro refleja el lugar que se entra en el discurso del victimismo y no nos damos cuenta que los principales responsables y sufridores de la división, somos nosotros, “la gente pequeña”, los de a pie. Tú y yo.

Estaría bien que como nación buscáramos esos enemigos comunes que nos motivaran para combatirlos unidos. Hablo en sentido figurado, no se trata de hacer la guerra a nadie, sino de considerar enemigo a problemas que nos incumben a todos y nos están desgarrando como sociedad, en vez de a Djokovic o a la selección Francesa.

Nuestro país tuvo momentos muy críticos, en otros contextos, donde amenazas externas fortalecieron nuestros valores. Hoy, problemas muy serios sólo nos dividen porque aquí o eres blanco o eres negro, no se entiende que no te definas en un color, o que sientas los problemas y sus soluciones como algo común a todos los colores.

Confío en que seamos capaces de encontrar ese enemigo común. Me consume ver cómo, desde que son pequeñitos, maleamos a los niños en una sociedad de división, de blanco o negro, de rojo o azul, de un equipo u otro, nunca integrando, siempre compitiendo…

Tenemos mucho por hacer. El mundo que viene ni nos lo imaginamos. Sólo si somos colaborativos no sólo de boquilla, sino también resolviendo problemas y reforzando nuestros valores, podremos afrontarlo. Si no, nos va a machacar.


La decisión es nuestra…#impossibleisnothing

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