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viernes, 15 de junio de 2018

Todos a una


El primer párrafo va a sonar frívolo, pero no os quedéis ahí, seguir leyendo. No va de fútbol.

Hoy comienza para España uno de los acontecimientos que cada 4 años es capaz de unir a todo el país en un único objetivo. Sí, hoy comienza su participación en el Mundial de fútbol, y durante más o menos un mes, todos (siempre hay excepciones), nos pondremos la misma bufanda y tendremos el mismo objetivo. Por fin podré ver un partido con mis amigos madridistas, atléticos, etc., y sentir las mismas emociones. Finalmente, un objetivo “grande” y de todos. Los “enemigos” serán comunes.

Y es que eso es lo que pasa en nuestro país y en nuestro pequeño mundo del día a día. Por razones históricas y culturales estamos siempre a la gresca. Que si eres rojo o azul, que si pijo o perroflauta, que si del Madrid o del Barça…ya sabéis, nos mola etiquetarnos en bandos.

Y es cierto que la Historia pesa, aunque a mí me sorprende que acontecimientos tan tristes como los de hace más de 80 años sean la bandera de división de muchos millenials. Eso es no querer aprender del pasado.

Pero sí, esa Historia y la cultura, la regionalización de objetivos que existe en España, hacen que no nos pongamos de acuerdo en casi nada. Sólo estamos unidos, y es triste decirlo, ante una desgracia mayúscula o un acontecimiento deportivo de magnitud o, ligado a ello, al hablar de algunos personajes que nos causan respeto a todos, como Nadal.

En el caso de la desgracia es cuando este pueblo, solidario en su ADN, olvida las diferencias y se vuelca con los afectados. El “después de la desgracia” suele ser una batalla política en el lodo, pero el momento inicial, decisivo, es sin fisuras.

En el caso del deporte o de referentes, tenemos, durante un ratito, esa conciencia de que formamos parte del mismo equipo, incluso con visiones distintas de tal o cual jugada o jugador. Pero la unidad para conseguir la victoria está por encima de la diferencia puntual que podamos tener. Todos cedemos y tratamos de entendernos por el bien del Grupo.

Y esto, amig@s, es algo que tenemos que cambiar. Los mayores logros colectivos de nuestro país, y de la Humanidad, se han producido cuando el interés común supera al interés individual. Es un problema de enfoque, que se resuelve, como siempre insisto, con educación, en el cole y en casa, y en esto último, principalmente, con el ejemplo.

Sólo si desde ya ponemos la semilla en la sociedad y, sobre todo, en los más jóvenes, podremos afrontar los retos del futuro como colectivo. Podéis extrapolarlo a cada uno de nuestros “micro mundos” de familia, amigos, trabajo, etc.

Insisto, sólo con una visión de equipo, en el que por supuesto puede haber visiones distintas, pero con un mismo objetivo común, podremos avanzar y mejorar el mundo que nos rodea. Hay que grabarse a fuego esto.

La nueva era, digital, en la que estamos entrando puede ayudarnos o puede complicarlo más. El “macarreo” y “todo vale” en los comentarios de redes sociales o el difundir e insinuar noticias falsas no ayuda. Esto se soluciona con educación también, y con unas leyes adecuadas.

Pero son herramientas, que bien usadas nos pueden ayudar a reforzar ese sentir común, y que, de hecho, en muchos casos, lo hacen. El tema de fondo no es “el canal”, es la necesidad de vernos como un equipo, no como un individuo o un colectivo que se quiere imponer a base de atacar el objetivo común.

La era digital y el futuro de nuestros hijos nos exige que abandonemos el individualismo, el ego, el querer tener razón siempre y aprendamos a escucharnos a complementarnos y a trabajar en equipo. Para ello hay que establecer los cauces adecuadas para debatir visiones distintas y llegar a consensos y tomas de decisiones, que, por supuesto no dejarán contentos a todos, pero que sí lo harán con la mayoría y sobre todo en el ejercicio de ese interés general.

Insisto, no estoy refiriéndome a nada concreto. Extrapolarlo a todo. Desde el Gobierno a el trabajo de cada uno. El trabajo en equipo, el anteponer el interés del conjunto y el saber escucharse y llegar a consenso afecta a todos los órdenes de nuestras vidas. Basta ya de alborotadores y trepas de pacotilla. Pensemos en que unidos somos mucho más fuertes.

Este país tiene ejemplos infinitos de la fuerza de remar juntos en la misma dirección. No dejemos que no sea así ahora. Todos somos responsables.

Y por supuesto, ojalá ganemos el Mundial. Pase lo que pase estaremos orgullosos de nuestros chicos.

#impossibleisnothing

martes, 29 de mayo de 2018

Sin fakes ni trolls hay paraíso


Nuestros hábitos han cambiado. Hace no mucho uno se levantaba escuchando música o las noticias de la radio o la tele. Hoy sigue siendo así pero alternativamente trasteamos ese elemento “diabólico” del que no nos podemos separar.

Probablemente hoy te hayas levantado y antes de salir de casa hayas consultado el móvil. Lo más seguro es que hayas revisado mail, agenda, wasap, el periódico a través de la web o las alertas de redes sociales. O todo ello. Depende de cómo hayas ido de tiempo.

El caso es que te has hecho tu propia composición de lo que pasa en tu entorno y en el mundo en un rápido vistazo a un dispositivo. Estamos saturados de información y como nos lo “tragamos” todo, conocemos al detalle lo que pasa a 20.000 kms de distancia en tiempo real.

O eso es lo que creemos.

Puede ser que te hayas guiado por algún “trending topic” del momento y se te haya quedado cara de pez, porque no lo esperabas. Ha empezado una hecatombe y no lo tenías en el radar.

Es una posibilidad. Todo esto ha podido pasarte esta mañana.

Cuando has llegado al trabajo y lo has comentado con tus compañeros has podido confirmar que efectivamente ha pasado. Nos han invadido los extraterrestres y tú ahí, tan tranquilo yendo a trabajar. Ahora sí que te has acojonado de verdad, porque la mayoría de gente de tu entorno también lo está hablando.

Pero cuando ha llegado el sensato, el que se toma las redes sociales con ironía, os ha desmontado el argumento a todos. No hay invasión. Os la han colado, pero menos mal.

¿Por qué os la han colado? Porque lo que no te has planteado es si esa información es veraz o no. No contrastas las noticias ni tampoco los comentarios de tus colegas en el grupo de wasap. Si una cantidad de personas, que consideras suficiente, habla sobre algo y lo da por válido, lo tomas como hechos consumados. Vamos que “te la comes con patatas”.

Por ese motivo nos podemos estar “tragando” cosas sin importancia en nuestro día a día que se pueden convertir en impactos mundiales. Por ejemplo, en la visita de Rajoy a la Casa Blanca se viralizó una foto “tuneada” en la que se había puesto detrás suyo la bandera de México. No era así en realidad, la foto se manipuló, sustituyendo la original con la bandera de la infantería de Marina de estados Unidos. Pero se convirtió en trending topic con más de 20.000 personas spameandolo en los nuevos canales de información, haciendo bulos sobre curiosas relaciones geopolíticas poco probables, sin contrastarlo, y claro, uno se lo acaba creyendo.

Si mañana consiguiera difundir masivamente que Messi ha fichado por el Madrid y Ronaldo por el Barça, se generaría una gran confusión inicialmente y la gente lo daría por hecho. Imaginaros eso en el contexto de un hecho realmente grave, un incidente diplomático o militar o una alerta falsa sobre terrorismo.

Y es que ha emergido un elemento nuevo en nuestro proceso de toma de conciencia y elaboración de una opinión sobre un tema, que es la manipulación social. Es nuevo el canal, no el fondo. Esta forma de manipulación se produce por la capacidad de escalar algo que ni siquiera sabemos de qué va, pero que retuiteamos o compartimos, bien por la guasa o bien por el postureo de demostrarle a los demás las cosas tan guays que posteamos o el “poder” que tenemos en una red social, como si fuéramos el justiciero del lugar.

La manipulación también viene por la intoxicación deliberada de cierta información falsa que a través de bots (programas informáticos) y de la propia gente, escogiendo bien a personas con determinada influencia o determinadas opiniones habituales, se viraliza y genera una reacción en cadena.

Esa posibilidad de escalar algo falso es un arma muy peligrosa. Los Gobiernos de los países Occidentales ya destinan una partida presupuestaria a reclutar y mantener una brigada de “ciber soldados” o hackers a su servicio, cuya misión es establecer alarmas y detectar flujos “extraños” de información. Y no me refiero a que la gente de un foro con tráfico se ponga de acuerdo en determinar el resultado de un concurso de TV (pasó hace un año con “Got Talent” en España), sino que la cosa va más allá, por ejemplo, a la posibilidad de que un grupo organizado sea capaz de tomar control de millones de ordenadores conectados a la red en un país, y pedir un rescate.

Vamos, que manipular no es nuevo, pero el canal y la escala que se consigue sí. 
Ya generó mucha controversia aquella noche de hace 80 años Orson Welles, cuando daba la “alarma alienígena” en su adaptación radiofónica de “La Guerra de los Mundos”. Era una emisión en Estados Unidos y no generó efecto dominó en el resto del mundo, pero si hubiera sido hoy, ¿Qué habría pasado?

Podemos irnos más atrás. El imperio mayor que ha existido, el Mongol, empezaba sus conquistas manipulando a las tribus rivales de un mismo territorio. Intoxicaba con información falsa para que se enfrentaran entre ellas, y cuando estaban debilitadas era cuando entraba en acción su ejército y aseguraban la victoria.

¿Cómo se manipula hoy? Es muy fácil. Se trata de generar la duda, dividir a la sociedad emitiendo una información falsa y convirtiéndola en veraz a base de repeticiones, con muchas personas, con influencers o a través de los mencionados bots. Así, acaba convirtiéndose en verdad, sea lo que sea la verdad.

Es importante tener pausa y perder un minuto en contrastar la veracidad de una información. Probablemente hoy el discurso de Wells hubiera sembrado el caos… o no. Dependería de si el efecto dominó originado por el bulo se propagase más rápido que la capacidad social de desmentirlo. La velocidad de reacción sería crucial para tener un tiempo de desorden (y aprovecharse los que tuvieran intereses) o evitarlo. Ponerlo en contexto sobre una noticia que pudiera generar plusvalías o minusvalías en los mercados financieros. Podría haber grupos de interés detrás de su expansión o su control.

Tener en cuenta que “la verdad” es un concepto abstracto muchas veces. Puede haber varias verdades y todas ser verdad. Seguro que, en una discusión sobre algo, hay al menos dos verdades, y las dos pueden ser ciertas, en función del contexto que le da cada uno.  La sombra de la duda puede ser poderosa.

Cuando se mete la pata difundiendo una “media verdad” o algo que nos han colado, no es demasiado bueno perseverar en el error y buscar la justificación. Es mejor pedir disculpas y aclararlo. No se trata de “tener razón” o ser el más listo de la clase para “molarle” al resto. Se trata de recibir y transmitir un mensaje con el que formarse una opinión o tomar una decisión. Pensar que cuanto más objetivo sea, menos posibilidad de manipulación habrá.

La otra derivada de este bombardeo de información “social” es la forma. El mensaje es el fondo, pero la manera en que lo decimos o en que interactuamos con el resto es muy importante y ha cambiado mucho. ¡Quién no jugaba al teléfono estropeado! Imaginad sus consecuencias en una red social. E imaginarla no sólo por el contenido, sino por cómo se comunica. Una buena noticia se puede convertir en un infierno y a la inversa. El cómo ha cobrado una importancia crucial.

Claro, es mucho más difícil y subjetivo cuando no tenemos al otro delante y no podemos mirarlos a los ojos. La comunicación sin el elemento visual es menos rica y mucho más fría. Se pierden matices del lenguaje corporal y del contexto que no ayudan. Y esto se magnifica en las redes sociales.

Y ahí aparecen los trolls. Los hay de verdad, de los que van a “dar por saco”, a provocar. Hay muchas personas que, para sentirse importantes o guays, descargan sus frustraciones y miedos en otros, o en el mundo en general y pueden llegar a ser una pesadilla en algunas ocasiones.

Hay otros que son simplemente graciosos. Pero que sólo admiten sus propias gracias. Les gusta “vacilar” pero no ser “vacilados”. Son los más listos que nadie.

Y los hay que convertimos en “trolls” por la mala interpretación del mensaje, al no existir ese contacto visual. Las frías palabras de una frase en twitter, sin entender contexto ni comunicación visual, pueden llevarnos a identificar a alguien como “enemigo” cuando no era esa su intención. Si estuviéramos en un modelo de recomendaciones, donde unos y otros se puntúan, podría pasar que juzgáramos erróneamente por una mala interpretación y "arruináramos la reputación de alguien". Esto pasa a menudo y en el caso concreto de los países latinos, no ayuda nuestro afán por querer estar en posesión de la verdad e interpretar otras ideas como una postura contra nosotros.

Desde mi punto de vista, los dos grandes peligros de los nuevos canales de comunicación son la manipulación y la manera en que se transmite un mensaje.

Sería bueno que, desde pequeñitos, y con el ejemplo de casa, se eduque a los niños en esa necesidad de tolerancia, respeto y capacidad para discutir ideas y construir, sin necesidad de enfrentamientos. También en no transgredir la libertad y la dignidad de los demás por nuestro afán de decir algo que ofende. Así resolveríamos muchos problemas que vienen asociados a la tecnología y las nuevas maneras de comunicarse.

Educación junto con regulación y control. Para mí las claves a consensuar.

Voy a ser repetitivo en mi discurso. Nuestros hijos nos imitarán. El 99% de la educación es en casa. Si veo un partido con mi hijo e insulto al árbitro, él hará lo mismo después. Si cojo el móvil y voy siendo “el graciosillo” de las redes sociales, o “el guay” o enfrentándome con todos, él hará lo mismo. No lo dudéis. Es más, mi huella digital estará ahí, y seguramente, escarbando un poco, podrá ver lo que dije o dejé de decir a los 10 años de haberlo hecho. La educación es en casa y en el entorno íntimo. No diluyamos la responsabilidad.

Y sí, también el sistima educativo debería incorporar, desde el primer momento, contenidos que enseñen a los estudiantes unas reglas de juego básicas a la hora de tratar la información social y de transmitir o recibir mensajes. Se trata de una enseñanza de la tecnología y sus posibilidades pero con valores. De prepararlos para la siguiente etapa. 

Y además, las propias herramientas que utilizamos y la regulación deben poner medios y controles para que la difusión de noticias falsas sea perseguida y para que aquellos que sólo están por la labor de ofender, sean privados del derecho a utilizar las redes sociales. Debe haber unas reglas de juego claras y quizás aparezcan nuevos empleos de “controlador de red social”. Sí, debe de haberlo. Ya me sé la canción de la libertad de expresión y la censura y lo que queráis. Pero debe de haber unos límites y si por la educación de casa no somos capaces de entenderlos, deben ser legislados por quien tiene la potestad.

Y aquí la gran pregunta. ¿Quién controla eso? ¿quién vigila al Gran Hermano?. Pues también debe haber mecanismos para que ese legislador y el Gobierno de turno o el grupo de interés que presiona, estén sujetos al control objetivo. La comunicación y la manipulación de la misma puede cambiar nuestras vidas en este nuevo mundo digital y es necesario ser creativos e inventar nuevos “certificadores” de que se respetan reglas del juego. Hay muchas oportunidades ahí.

La era digital y tecnológica es apasionante. Va a ayudarnos a ser mejores si la usamos bien. Para ello es necesaria nuestra colaboración, con principios éticos básicos. Pero también es necesaria una nueva concepción de la responsabilidad de Legislar, de Gobernar, de intercambiar información de “los malos”, de generar valor para las personas y contribuir a un mundo más igual. Es necesario una transformación de elementos que nos han sido muy útiles pero que hay que adaptar al tiempo nuevo. Hay personajes relevantes que hablan de una Constitución Digital, Global y clara. Y yo estoy de acuerdo con ello.

Debemos cambiar el chip, valorar la importancia del mundo analógico, sin despreciar que el mundo digital forma ya parte de ello. Seamos responsables y fomentemos que los demás lo sean. No la caguemos. Será apasionante la transformación global de los próximos 20 años.

Yo me apunto.

#impossibleisnothing

martes, 1 de mayo de 2018

La Huella Digital



No es nuevo. Todos dejamos rastro más o menos “cotilleable” por terceras personas. Esto es así desde el Neolítico, lo que pasa es que la capacidad de dejar “huella” ha ido cambiando con el tiempo.

Hasta hace poco era bastante limitada la manera de investigar a alguien. Era casi detectivesco o policial y los pocos que podían saber cosas de otra persona eran los más cercanos. No había altavoces públicos que nos mostraran las vergüenzas de nadie, salvo las revistas del corazón con los personajes de la farándula.

Pero hoy todos somos farándula y las redes sociales son las revistas del corazón. Nuestros “followers” son paparazis y el paraíso del curioso se ha democratizado. Además, hay personas con bastante tiempo libre cuyo “hobbie” es cotillear en los perfiles de los demás. Un nuevo estilo de vocación de Sherlock Holmes.

Y esto, que a priori tampoco debería ser un problema, puede darnos más de un disgusto. Todos podemos meter la pata con un tuit o un post en una red social y se puede liar parda. Incluso se puede malinterpretar o algún falso amigo puede sacarlo de contexto y poner a la opinión pública en contra. Vamos, que el mundo digital nos da una identidad digital con muchos beneficios, pero también una exposición alta a que los demás se encariñen con nuestra vida.

Por ello, a estas alturas de la película, hablamos de marca personal y de huella digital. Nuestro personaje público, que todo aquel que use redes sociales lo tiene, debe cuidar su marketing y sobre todo revisar bien aquello que se ha ido diciendo. Puede ser que un día uno opte a un puesto de trabajo “serio” o a un cargo público y algún adversario saque un tuit de los 20 mil publicados en los que dijera algún comentario irónico que se pueda sacar de contexto.

Incluso pueden sacar videos que en un determinado entorno pudieran ser considerados “chantaje” …Hay ejemplos muy cercanos.

No confundamos temas diametralmente claros, por ejemplo, es muy diferente el que yo hiciera un comentario directo y claro en twitter posicionándome a favor de algo moralmente criticable, de lo que sería un comentario irónico respondiendo a alguna noticia o debatiendo con otra persona. Todo sacado de contexto y con la distancia del tiempo, puede ser un arma muy peligrosa. Y hay personas que lo utilizan para desacreditar a otras.

Por ello la huella digital es importante que se construya sobre un personaje que sea realmente el nuestro. No queramos que nuestra identidad digital sea la de alguien muy guay que no somos, mejor ser auténticos, honestos. Uno puede meter la pata en un momento dado con un comentario o se pueden malinterpretar algunas de las cosas que pueda decir, pero si hay una coherencia y una forma de ser, en definitiva, una marca personal consistente, no creo que se le pueda hacer mucho daño desacreditándolo.

Si por el contrario hay un personaje que cambia en función de con quien interactúa o de lo que le puede interesar en un momento dado, esa incoherencia puede generarle muchos quebraderos de cabeza.

Tener en cuenta que nuestros hijos, en su proceso de aprendizaje, absorben todo lo que hacen sus mayores. La educación depende en un 99% del ejemplo de sus padres y si nos ven constantemente enganchados a redes sociales, quejándonos de todo, reivindicando un personaje que no somos, o simplemente subiendo cosas que no nos gustaría que ellos subieran, luego no nos escandalicemos cuando quieran imitarlo. Y no será culpa de otro, será consecuencia de lo que ven que hacemos.

Estamos en la “primera generación” de usuarios “sociales”. Pero empieza la segunda. Lo que un día dejamos ahí, que nos parecía gracioso o subidito de tono, mañana lo pueden ver los que vienen detrás. Y nos preguntarán. Por eso es importante cuidar esa huella digital. Insisto que siendo uno mismo es el mejor camino, no se engaña a nadie.

Las redes sociales generan otro fenómeno relativamente nuevo: “los influencers”. Surgen personajes con gran capacidad de arrastre y que se convierten en líderes de opinión. Algunos en el puro marketing, pero otros con ideas que calan en sus seguidores. Es una buena noticia que se democratice la capacidad de generar líderes de opinión. No es tan buena cuando no hay unos mínimos de valores, respeto, coherencia detrás.

Es necesario que además de una regulación clara haya una educación obligatoria desde pequeñitos en el manejo de estas nuevas habilidades sociales, con unas pautas mínimas que se deben conocer. La libertad de expresión es un derecho, pero no sólo de quien habla, también de quien escucha, que tiene su dignidad, honor, etc. No todo vale.

Repito y me posiciono: No todo vale. La legislación ha de encontrar el punto de equilibrio entre poder expresarse (siempre con respeto) y la defensa de la dignidad de los ciudadanos.

Hay mucho por hacer y estamos al principio de una era nueva. Depende de nosotros que nuestra huella sea recordada o seamos un exaltado más que busca su minuto de gloria.

Yo creo en construir. ¿Te apuntas?

#impossibleisnothing

miércoles, 18 de abril de 2018

Grandes Corporaciones vs Startups


Hace unos años fundé una startup. Lo hice con unos compañeros de viaje maravillosos sin que ninguno lo tuviéramos en nuestro plan de vida en ese momento. Simplemente surgió.

Ya había aprendido que las casualidades no son tales y que todo tiene un por qué, aunque a veces necesites perspectiva y tiempo para entenderlo. Y esto no fue casual, tenía que pasar.

Tener una idea, transformarla en proyecto, contarla a los más relevantes inversores nacionales e internacionales, ejecutarla y convertirla en una empresa, con todo lo que conlleva, fue una experiencia que cambió mi concepción del mundo laboral y por supuesto un punto de inflexión en mi carrera profesional.

Hicimos un “market place” online de contenido audiovisual. Se trataba de que aquellos dueños de imágenes de video no utilizadas (imagen de archivo o footage de la que sobran horas y horas en los rodajes), con un determinado estándar de calidad, las pusieran a disposición de aquellos que necesitaban ese recurso (por ejemplo, un plano aéreo del lugar donde te casaste que haría más bonito el video de la boda, o una imagen de Pirámides de Egipto que costaría mucho producir). Todo ello en cortes de 10-15 segundos y a un precio razonable con cesión de derechos.

La idea, en el 2010, donde existían muy poquitas plataformas de este tipo, por no decir ninguna, era muy buena (que voy a decir yo), y recibió el aval de inversores y unas cuantas nominaciones a premios. Puede que el momento y el lugar no fueran lo más propicios o puede que nos equivocáramos en muchas cosas y por eso no fuimos capaces de darle continuidad al proyecto, el cual “matamos”, ya como empresa en 2016. Pero construimos algo muy bonito y sobre todo algo que nos generó un aprendizaje impagable, a base de cometer errores y perseverar.

Todo esto lo hicimos en nuestro tiempo libre. Quizás ese fue el error. Nuestros skypes empezaban a las 10 de la noche y los fines de semana eran monotemáticos. Cada uno tenía su actividad profesional, en algún caso, como el mío, en una gran Corporación y pedazo de empresa como es Telefónica.

Llegado el momento, cuando ya el “niño” había nacido y se había convertido en un e-commerce en toda regla, uno de los socios se dedicó a tiempo completo a ello, llevando las riendas de toda la operación. Ahí, aún más, se intensificaron esas reuniones nocturnas que pasaron a ser casi diarias y muy ejecutivas.

Después llegó el momento de reconocer la derrota y cerrar la persiana, esperando nuevas batallas. Cada uno siguió su camino. En mi caso seguí y sigo muy ligado a startups, colaborando altruistamente con algunos proyectos o con personas vinculadas a ellos, tratando de transmitirles algo de lo que aprendí por si les sirve de ayuda. Y debo decir que estoy orgulloso de que la tasa de supervivencia sea muy alta. La verdad es que son unos cracks casi todos los emprendedores con los que he tenido la suerte de cruzarme.

Pero mi trabajo en los últimos 20 años ha estado siempre en grandes corporaciones. Cuando uno habla de ellas con emprendedores las ven como el cliente apetecible, pero también como el elefante pesado difícil de mover. Algunas de ellas, de nacimiento privado, pueden ser más ligeras, pero acaban teniendo un “legacy” difícil de flexibilizar. Otras, con un componente público, tienen ese “legacy” y además otro cultural que requiere de largo tiempo para transformar.

Sin embargo, creo que mucho emprendedores cometen el error de pensar que esas compañías sólo tienen recursos (pasta) y que sin eso no serían capaces de estar donde están. Bueno, es cierto que cuentan con muchos recursos, que hay que administrar y asignar bien, pero cuentan con algo que tiene mucho valor: Historia, experiencia que les ha hecho aprender de errores y reinventarse una y otra vez.

Para mí, aquella definición maravillosa de Steve Jobs sobre el secreto de Apple es la simbiosis perfecta. Al ser entrevistado y preguntado por cómo hacían las cosas en Apple, siendo ya un gigante, contestó diciendo que el truco era “que en Apple funcionaban como una startup, sin comités ni reuniones interminables, todo ejecutivo”.

Y quizás es lo que la gran empresa debe mejorar. Hay grandes planes de transformación en aquellas que piensan en el futuro. Planes en los que las estructuras son más ágiles y flexibles, con perfiles multidisciplinares que sepan trabajar en equipo y por proyectos y con mucho talento, pero que necesita de liderazgo. Por eso en mi opinión, grandes compañías, buscan ese talento y esa metodología nueva en las startups y “fichan” a cracks con trayectorias impresionantes capaces de inspirar y contagiar.

Ojo, esos cracks también existen dentro, pero sólo con el ejercicio de transformación es posible aflorarlos. A veces ese "legacy" los tiene "anestesiados" y es necesario que despierten. Puede suceder que esas estructuras, inicialmente pesadas, dificulten que se les pueda ver. Pero no lo dudéis, ni los de grandes compañías ni los de pequeñas, si uno cree en lo que hace y persevera, al final las cosas pasan.

Una clave es la cultura. La flexibilidad de una startup hace que todo sea muy dinámico y que todos “sean iguales”. Las jerarquías casi no existen y todos los empleados consideran emocionalmente que la empresa, en parte, les pertenece. La sensación de construir algo con otras personas, alinea objetivos y reduce el peso de los egos. En las grandes Corporaciones, cada vez más, se trata de funcionar así, ser ágiles y tener menos estructuras verticales. La renovación cultural viene por perder el miedo al cambio y sobre todo al cambio de “status-quo” de algunas personas. Si se consigue, entonces la transformación es muy rápida. Si no, es mucho más lenta, con posibles consecuencias negativas.

Normalmente las grandes Compañías se componen de otras más pequeñitas. Cada una con cultura diferente, bien por su dispersión geográfica o bien por su organización de Divisiones. Esto fragmenta la cultura global en pequeñas culturas específicas. Visto constructivamente esto retroalimenta y enriquece al conjunto, aunque a veces puede generar ineficiencias. Incluso puede haber un vacío entre el negocio y las áreas de soporte. Ahí el papel del liderazgo y de la comunicación es clave. La diversidad siempre enriquece, y el alineamiento de visión, misión y valores es esencial.  

Las grandes Compañías necesitan esos líderes que inspiren ese cambio cultural y que sean capaces de dirigir la ejecución del proyecto, de manera flexible y dinámica. Los necesitan a todos los niveles. El efecto contagio es crucial. 

Las startups a su vez, necesitan estrategia y una asignación ordenada e inteligente de los recursos. Todo es complementario, y en todos los casos siempre hay recorrido de mejora.

Yo estoy orgulloso de la doble experiencia. El aprendizaje y la ilusión debe ser permanente. Si una de las dos falla, hay que replanteárselo. Si se mantienen, hay que perseverar. No hay que confundir diferentes ciclos de una compañía con estancamiento de la misma. Tampoco debemos asumir los momentos más complicados o aburridos como fruto de las desmotivaciones. Se trata de que los equipos sumen y eso a veces implica afrontar momentos más difíciles, de los que siempre se sale reforzado. A veces el pasito para atrás para coger impulso es necesario y muy sano.

Pero quiero que quede claro el mensaje. Ni las grandes Compañías deben menospreciar a las startups por su falta de experiencia o por moverse en entornos donde no existe tanta presión inicial de métricas financieras, ni las startups deben menospreciar a las grandes Compañías por su Historia o su burocracia interna que ralentiza los procesos. Lo mejor, aprender unos de otros y tener la mente abierta para ser flexibles y cambiar lo que no funciona. 

Y por favor, ni unos ni otros pensar que nadie es más listo que nadie…Siempre hay uno más rápido en el Oeste, ya lo sabéis.

#impossibleisnothing

lunes, 9 de abril de 2018

Equivocarse…reconocerlo…avanzar


Equivocarse es un ejercicio muy sano. Y muy útil. Consigue algo de una manera efectiva: que aprendamos y a la siguiente vez lo tengamos en cuenta. Mola.

Es algo que además hacemos todos. Sí, si todos. E incluso somos capaces de decirlo sin rubor, así en genérico. ¿Quién no afirma con orgullo que se equivoca todos los días? Y además de una manera muy positiva. Es un efecto colateral de modestia y reconocimiento que también mola.

Y ello nos hace crecer, Todos lo decimos. Gracias a que aquí la cagué, allá lo hice mejor. Si no hubiera fallado la primera vez no hubiera aprendido. Es un mantra general. La tercera parte molona de esta maravillosa cadena.

Pero tiene truco. Sí amigos, tiene truco, oh yeah. Todos nos equivocamos, es cierto. A diario y muchas veces. En cosas intrascendentes (echar sal al café en vez de azúcar) o en cosas serias (mandar a otra cuenta corriente una transferencia). Influyen muchos factores y hay un efecto experiencia que se adquiere que es tremendamente útil a futuro.

Y he aquí el truco. Ni el 10% reconoce el error concreto. Se reconoce el error genérico: “yo me equivoco mucho todos los días”. Pero no el error concreto, “no fui yo, es que se puso a llover”, o “Pepito me lo dio mal y por eso estaba erróneo…”, etc. A la hora de reconocerlo, cuando alguien nos pide la explicación, siempre hay una excusa o un tercero a quien endosarle el marrón. Eso ya no mola tanto. El ejercicio de honestidad general se desintegra cuando nos toca la aplicación práctica a algo concreto.

El ego, el orgullo, la envidia, la vergüenza, los celos, la inseguridad, la desconfianza, la mala fe, la ignorancia y un largo etcétera son las razones de fondo que nos llevan a engañarnos a nosotros mismos y al resto. Nos cuesta mucho asumir que otro puede tener razón y nosotros equivocarnos. Es propio de nuestra cultura donde en la práctica nos mola ser “el que la tiene más larga”. El “y yo más” no es sólo de políticos, es de nosotros, de la “gente pequeña”. Está en nuestro ADN social.

Podríamos poner miles de ejemplos cada uno. Miles de ellos en los que siempre hablaríamos de un tercero, más o menos cercano, que no reconoce. Pero no de nosotros, deshaciendo el argumento inicial de admitir que nos equivocamos mucho.

Si sólo el 10% es capaz de reconocerlo, no más del 5% es capaz de pedir perdón y hacerlo de una manera sincera. Implica “perder”, decirle al otro “que me ha ganado” que “lleva razón” y, madre mía, eso es un pecado mortal. Que si, que sí, que si hablamos en general todos lo hacemos mucho, pero en la práctica sobre algo específico…¡ni de coña!

Sin embargo, nuestra incoherencia se demuestra aún más cuando vemos a alguien que lo hace. Si alguien, públicamente, dice que fue el que se equivocó en tal informe, o el que se equivocó en tal asunto con un amigo o su pareja, una porción pequeña del resto puede reírse y chismorrear, pero a la mayoría se nos ponen las lagrimillas en los ojos y admiramos ese gesto de honestidad. Es curioso, no nos gusta que nos vean reconociendo que la hemos cagado, pero sí nos gusta cuando alguien lo hace y pide perdón, de manera sincera, por ello. Ahí nuestro ADN social también se posiciona favorablemente a otorgárselo y empatizar con las circunstancias de la equivocación. La verdad es que somos unos seres muy raros.

Y digo yo, ¿no sería más fácil, que, en ese ADN sociocultural, desde pequeñitos, en casa, aprendiéramos que es bueno equivocarse, reconocerlo, admitir la responsabilidad y pedir perdón? ¿No nos iría mejor si en vez de perder el tiempo en ver cómo puedo endosarle la responsabilidad a otro buscáramos la solución? ¿Somos capaces de reprogramarnos y enseñar a nuestros hijos que es posible hacerlo así? Ah, que eso incluye darles ejemplo…ufff, que pereza.

Pues sí. Nos toca. Tarea difícil, pero de las que mejoran el mundo. No tenemos excusa. No hay que dilatarlo más. Podemos tragarnos el orgullo de vez en cuando y buscar el lado constructivo. Se puede reconocer el fallo ante un jefe o en una reunión con compañeros y construir a partir de ello. Se puede, por ejemplo, diseñar una propuesta para evitar que nadie vuelva a cometer ese tipo de error y mejorarla entre todos. Se puede aprender del fallo y tener la humildad y los hu**os suficientes para reconocerlo.

Igual con la pareja, familia y amigos. Podemos tener opiniones distintas y buscar puntos en común, pero eso es otro tema distinto al que hablamos. En este se trata de reconocer que uno la fastidió en algo concreto. Se trata de tragarse el ego y aceptarlo. Y va más, de pedir perdón y tratar de arreglar el desaguisado para que no vuelva a pasar. No confundamos tener opiniones distintas (muy sano y necesario también) con saber que "lo hice mal y pido perdón por ello".

La experiencia se construye a partir de las pruebas y errores. Aunque no lo admitamos ni pidamos perdón en la mayor parte de las veces, todos lo sabemos. Los peores jueces de nosotros mismos somos, nosotros mismos. No reconocérselo a un tercero no significa no ser conscientes de que “fui yo”. El paso de admitirlo es un ejercicio de coherencia y humildad maravilloso. Lo que nos tiene que enseñar es a mejorar.

El ego, en público, es un gran enemigo. La humildad y la honestidad son armas imbatibles. No seamos tan tontos de pensar que “se la vamos a colar” al otro. La razón siempre se abre paso, es una cuestión de tiempo. Mejor no redundar en el error buscando a alguien a quien hacer culpable. Más sencillo construir.

Recalco lo que he dicho varias veces en el blog. Somos un 99% responsables de todo lo que nos pasa, lo controlemos o no. Nuestra capacidad de reacción no puede ser buscar culpables, sino buscar soluciones.

Estoy convencido que, si predicamos con el ejemplo, tarea harto difícil, y enseñamos a nuestros hijos a que este es el camino, construiremos una sociedad mucho más justa y bondadosa. Empatizar con el otro y entender sus por qués y a la inversa es algo que nos emociona a todos y que sirve para que mejoremos. Enzarzarnos en disputas y enquistarnos en “ser más listos que el vecino”, nos cabrea y debilita a todos llevándonos al desastre. ¿Por qué no optar por el camino bueno?

Que no sean sólo palabras. Apliquémoslo. La segunda vez será más fácil que la primera.

#impossibleisnothing



martes, 20 de marzo de 2018

What if...?


What if we could improve the World…?

What if we could put ourselves in someone else’s shoes…?

What if we could think in the community above individuals…?

What if we could be happy about the success of others…?

What if we could count the stars of the Universe…?

What if we could stop producing weapons…?

What if we could live in Mars…?

What if we could win terminal diseases…?

What if we could abolish racism, xenophobia, sexism, famine…?

What if there were not wealth and poverty…?

What if we could respect everybody…?

What if my freedom would end where your freedom starts…?

What if we could break the chains that scare us…?

What if we could enjoy working…?

What if life was a wonderful journey and not a permanent competition?

What if we could trust each other as the starting position…?

What if we could educate children with our example…?

What if we could sign aloud without disturbing anyone…?

What if we could see everybody as an equal…?

What if we could forgive others…?

What if we could discuss things in a constructive way…?

What if we could trust people because their facts and non by their words…?

What if we could love because we love…?

What if we could achieve what we dream…?

What if we could see that nothing is impossible?

I believe

#impossibleisnothing



viernes, 16 de marzo de 2018

Derechos y obligaciones...también digitales

Hace tiempo escribí un post sobre los derechos y deberes. Básicamente decía a cada derecho le corresponde una obligación. Una cosa está unida a la otra. Al derecho de trabajar le corresponde la obligación de hacerlo responsablemente, al derecho de recibir escolarización le corresponde el deber de disfrutarla y aprovecharla, al derecho de tener una Sanidad Publica de calidad le corresponde el deber de financiarla y cuidarla (por ejemplo, no saturar urgencias, cosa que casualmente no pasa en las horas de partidos importantes), y así sucesivamente.


Derecho – Obligación. Son un matrimonio hasta que la muerte los separe.

El problema surge cuando sólo vemos una parte del binomio y forzamos el “divorcio” de la otra. A veces, incluso nos engañamos a nosotros mismos y buscamos justificaciones para "pasar" de eso de las obligaciones. Ponemos en un tercero la responsabilidad de algo que tiene que ver, al menos en parte, con nuestros actos. El Estado (gobierne quien gobierne), el sistema, el banquero, el jefe, el vecino, el profe del cole, etc. Justificamos el no cumplir con nuestra parte, pero sí reclamar que el otro lo haga, señalando un “culpable”.

Casualmente el culpable de que uno no cumpla con una obligación, es siempre “el otro”.

Paradójicamente nos emociona cuando vemos a alguien reconocer un error de manera sincera y arrepentirse de él. Nuestra condición humana empatiza entonces. Es algo que, además, nos sorprende, ya que se sale de lo normal. Todos decimos que nos equivocamos mucho, pero nadie, excepto esos casos “raros”, reconoce un error ni el no cumplimiento de una obligación como autocrítica.

Me habéis leído ya muchas veces eso de que cada uno es el único responsable de lo que le pasa y que la tecnología puede ser un aliado o un enemigo, según los valores con la que la utilicemos. Pero todo está en nuestra mano. Al menos en este lugar en este momento. Afortunadamente es así y somos unos privilegiados por ello. No veamos fantasmas que no existen.

Cuando no había redes sociales ni la democratización que nos ha dado internet en varios aspectos de la vida, las personas, en su entorno pequeño, también reclamaban esos derechos sin asociarles las obligaciones correspondientes. Esto se hacía “a pequeña escala” salvo temas que trascendían en la sociedad. Se hacía ruido, pero no manipulaba en un ámbito grande. No se agitaba a la gran masa como rutina. Tampoco se hacía en temas que nos afectan a todos. Probablemente en el termino medio está la virtud.

Obviamente con las redes sociales todo es más inmediato y pueden servir como canal denuncia de cosas que consideramos injustas. En muchos casos, como violencia de género, acoso, esclavización de personas, promueven que la sociedad no se quede impasible y actúe. En ese sentido son una herramienta maravillosa.

En otros casos sirven igualmente como canal denuncia, pero de una información que previamente se manipula o condiciona, señalando a otras personas como “culpables” de incumplir una obligación, sin mirarnos primero a nosotros mismos. Se reclaman derechos, pero no se está por la labor de ejercer el deber que ese derecho implica. Todo se le “exige” a un tercero y se echan balones fuera. Es ahí donde se convierten en una herramienta dañina y malévola.

Y cada día va a más. Desde gente muy joven que reclama ferozmente cosas que, a veces, ni siquiera comprenden, hasta gente pasada de vueltas, frustrada por desilusiones propias que quieren contagiar al resto de sus propios miedos. Y esto, cuando se dan circunstancias excepcionales sobre las que todo el mundo sabe y opina, hace que muchos nos planteemos si tiene sentido seguir alimentando la bestia o si deberíamos renunciar a estas herramientas sociales.

Pues ya me conocéis. Yo creo que no hay que rendirse y seguir. Tiene sentido, pero siempre que haya valores y que todo el mundo tengamos claro que no se trata sólo de quejarse o contagiar nuestras frustraciones al resto, sino que también buscar la alegría y no descuidar la obligación que conlleva eso que reclamamos.

Y como no, eso se fomenta con la herramienta capaz de cambiarlo todo: Educación. 

La educación tiene dos grandes componentes: i) la del cole, en la que nos enseñan cosas, aprendemos y por eso está más orientada al aprendizaje y la socialización bajo unas normas;  y ii) la de casa, la del ejemplo, la que hace que nuestros hijos absorban las ganas de querer mejorar o las de un cabreo permanente. Depende de nosotros y es responsabilidad nuestra, fundamentalmente nuestra.

Además, este nuevo mundo digital necesita que esos valores que se promueven con educación y ejemplo, se regulen. Necesita unas reglas de juego y que no valga todo. Libertad es una palabra muy bonita y una de las cosas más valiosas que tenemos, pero no es hacer lo que me dé la gana “porque yo lo valgo” sin medir las consecuencias que tiene sobre los demás. El resto también tiene su dignidad y su libertad. No podemos invadir la de otro como elefante en la cacharrería.

Sueño con un mundo bonito, mejor, donde los niños tengan claro los valores de sus padres, sean honestos y aprendan que cada reclamación de algo exige cumplir con otra cosa asociada que supone esfuerzo. Y encima sueño que ello se pueda conseguir transformando al mundo con la educación, utilizando la tecnología como aliado.

Y lo peor de todo, ¿sabéis qué es. Que me lo creo.


#impossibleisnothing

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